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JUAN YÁÑEZ, vuestro humilde servidor, les da la bienvenida...

lunes, 25 de enero de 2016

Quería cruzar la Antártida solo y murió a menos de 50 kilómetros de la meta



El fracaso y el èxito son dos caras de la misma moneda. A travès de perdidas y errores ganamos cosas nuevas.Cuando nos encontramos en esos que llamamos peores momentos.Cuando utilizamos el fracaso sin miedo como un proceso de aprendizaje pues, eliminamos toda debilidad y nos fortalecemos en caràcter. María Eugenia Hassan

Un objetivo que nadie pudo lograr

El explorador británico Henry Worsley (55) se rindió ante el agotamiento en la recta final de su trayecto de 1.770 kilómetros y falleció por deshidratación. Lo despidieron Beckham y el príncipe William.     
El británico Henry Worsley, que intentaba convertirse en la primera persona en cruzar la Antártida a pie y sin ningún tipo de ayuda, murió en un hospital en Chile por una "deficiencia completa de sus órganos", informó su esposa, Joanna. El explorador, de 55 años, fue trasladado el viernes por aire a la Clínica Magallanes en Punta Arenas, en el sur de ese país, después de enviar un mensaje por radio en el que pedía ayuda.

Worsley, ex miembro del ejército británico, dijo en su comunicación que estaba exhausto y que sufría de deshidratación. Su viaje había comenzado 71 días atrás y se encontraba a sólo 48 kilómetros de completar la hazaña. Su esposa dijo apenada que su amor "murió pese a todos los esfuerzos" de los médicos. Worlsey fue operado de urgencia, pero falleció en el hospital.


El príncipe William de Inglaterra expresó su tristeza por la pérdida de un hombre que consideraba "un amigo y una inspiración". El príncipe, uno de los promotores de la expedición, dijo a la prensa que tanto él como su hermano, el príncipe Harry, se encontraban muy tristes por la noticia: "Hemos perdido a un amigo, pero seguirá siendo una fuente de inspiración para todos nosotros, especialmente para los que se beneficiarán de su apoyo a través del Endeavour Fund". En Instagram, David Beckham, que conoció a Worsley, también le dedicó una despedida: "No hay palabras que puedan describir la tristeza de perder a Henry".

El Blog se adhiere a las muestras de condolencia a su familia y amigos. Paz a su alma...


La última selfie que se tomó

La última selfie del explorador que murió en la Antártida

A menos de 50 km de la meta
En Twitter, Henry Worlsey fue contando su fallida travesía de 70 días.

El explorador británico Henry Worsley intentaba emular la expedición fallida que emprendió hace un siglo su compatriota Ernest Shackleton. Quería ser el primer hombre en cruzar solo, sin siquiera la ayuda de perros, la Antártida. Estuvo a sólo 48 kilómetros de lograr su objetivo, pero murió deshidratado y agotado.
En la cuenta de Twitter @ShackletonSolo y en su blog de viaje, el explorador fue contando la severa misión, en la que pensaba ocupar 75 días para recorrer 1.770 kilómetros. Las fotos que Worsley subió impactan y cobran otra relevancia ahora, conocida su muerte.

El pionero al que quiso homenajear el explorador muerto

La historia de Ernest Shackleton
Fue el más célebre de una generación mítica de aventureros de la Antártida. Nunca llegó al Polo Sur. Pero se convirtió en un héroe que inspiró a Henry Worsley en su travesía hacia el Polo Sur.

El explorador británico Henry Worsley, quien intentaba convertirse en la primera persona en cruzar la Antártida sola y sin ningún tipo de ayuda, murió este lunes en un hospital en Chile por una "deficiencia completa de sus órganos". Estaba a menos de 50 km de cumplir la hazaña y buscaba emular a Ernest Shackleton, quien aunque no lo logró, se convirtió en un prócer dentro de la llamada "Edad heroica de la exploración de la Antártida". Aquí, la historia del hombre que inspiró a Worsley a adentrarse en el continente blanco.
Quienes aman las lecturas sobre travesías heladas, conocen bien las historias sobre el Capitán Scott. Robert Falcon Scott, como decía su ficha de enrolamiento en la Real Armada británica, dirigió dos expediciones a la Antártida: la Expedición Antártica Británica (1901-1904) y la Expedición Terra Nova (1910-1912). Junto a cuatro hombres, el 17 de enero de 1912 festejó a los saltos en la nieve por haber "conquistado" el Polo Sur. Pero había perdido la carrera. El noruego Roald Amundsen se le había adelantado y completado la hazaña 34 días antes. Como Amundsen no murió durante el regreso del Polo Sur, Scott fue quien se convirtió en el héroe de esta historia. 


Pero el Capitán Scott no estaba solo mientras descubría la Antártida. Ernest Shackleton, irlandés y tercer oficial al mando, lo acompañó durante la Expedición Antártica Británica. Juntos llegaron hasta un punto situado a 857 kilómetros del Polo Sur. Nada mal para no tener experiencia en el manejo de trineos y soportar peleas constantes surgidas de la fuerte personalidad de ambos. Ni bien Shackleton, regresó a suelo británico ideó un nuevo viaje hacia el -finalmente traicionero- continente helado. En 1907 lideró la Expedición Antártica Imperial Británica y junto a tres de sus hombres se quedó a sólo 180 kilómetros del Polo Sur. Decidió pegar la vuelta: "Más vale burro muerto que león vivo", dijo.

Película para televisión estrenada en 2002 sobre la vida del heroico Shackleton, protagonizada por Kenneth Branagh
El logro de Amundsen no lo desanimó y en el periódico Times publicó este anuncio: "Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito". Hubo más de 5 mil postulantes y se eligió a 28 de los hombres más robustos. El 1° de agosto de 1914 el barco Endurance partió del puerto de Londres con la meta de por fin alcanzar el Polo Sur, en un viaje de 3 mil kilómetros de aguas glaciares.


El 21 de noviembre el Endurance se hundió. Los que sobrevivieron se alimentaron de los perros que antes tiraban de los trineos. Frente a la tragedia, Shackleton decidió ir caminando y en pequeños barcos hacia la Isla Paulet, a 55 kilómetros de dónde estaban. Pero las corrientes marinas no quisieron y decidió virar nuevamente hacia la Isla Elefante, en el archipiélago de las Shetland del Sur. Junto a cinco de sus hombres, la alcanzó en abril de 1915 y decidió que la travesía debía continuar unos 1.280 kilómetros más por las aguas de Drake, sobre una embarcación que no superaba los 7 metros de largo. 16 días más tarde, sin agua, llegaron a la Isla de Georgia del Sur. Tres de sus hombres no pudieron seguir caminando y se quedaron a esperar a su líder. Junto a los dos compañeros que le quedaban, Shackleton partió hacia la Isla de San Pedro en busca de una base ballenera. Tras una travesía de 35 kilómetros cruzando montañas de más de 1200 metros de altura, 36 horas más tarde Shackleton volvió a la Isla Elefante, a bordo de un barco chileno. Rescató a los hombres que lo esperaban y nunca llegó al Polo Sur. Pero se convirtió en un héroe que le dio fuerzas a Henry Worsley cada vez que el explorador levantaba un pie y volvía a hundirlo sobre el continente blanco.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Así fue el «Blitz» de Hitler: quemado, roto, con 20.000 muertos, Londres aguanta




LUIS VENTOSOABC_CULTURA / CORRESPONSAL EN LONDRES
Día 13/09/2015 - 16.26h
Inglaterra conmemora con exposiciones y visitas guiadas el 75 aniversario de los ocho meses de bombardeos diarios que acreditaron el estoicismo

ABC
La Catedral de San Pablo rodeada por columnas de humo tras el bombardeo de la Luftwaffe
En septiembre de 1941, Eric Arthur Blair, un vecino de Londresde 38 años, de cara anodina y alargada, sombra de barba marcada y pelo tupido, pluriempleado en el Servicio Oriental de la BBC, observa como su ciudad arde bajo las bombas alemanas. Desencantado, anota la certera reflexión que le viene a la cabeza: «Según escribo estas líneas, seres humanos sumamente civilizados me sobrevuelan intentando matarme. No sienten ninguna enemistad personal hacia mí, ni yo hacia ellos. La mayoría, no me cabe duda, son hombres bondadosos, respetuosos con las leyes, que jamás soñarían con cometer un asesinato en su vida privada. Pero si uno de ellos consigue hacerme pedazos con una bomba bien lanzada no dormirá peor. Están al servicio de su país, que tiene plenos poderes para absolverlo de todo mal». Eric Blair firmaba en la prensa como George Orwell. Fue uno de los intelectuales más honestos del siglo XX. Algo más silencioso que las bombas, una tuberculosis, se lo llevó nueve años después.










El 7 de 
septiembre de 1940 Londres regaló la propina de un día extra de verano, una delicia en mangas de camisa. El país estaba en guerra con Alemania desde hacía un año. El 3 de septiembre de 1939, el pusilánime Neville Chamberlain había dado por fin el paso, «a pesar de mi larga lucha por ganar la paz».
En realidad los ingleses llevaban muchísimo tiempo esperando que el cielo estallase sobre sus cabezas. Ya en septiembre de 1938, con la crisis de Checoslovaquia, el Gobierno británico les había repartido 38 millones de máscaras antigás. Pero septiembre arrancaba sereno en Londres. La RAF había resistido la embestida alemana durante julio y agosto, en la llamada Batalla de Inglaterra. Aunque habían caído Noruega, Holanda y Bélgica, y pese a que Francia había firmado en junio su vergonzoso armisticio, los londinenses hacían su vida. El 60% de las madres y niños evacuados al comienzo de la guerra habían retornado a la capital. Nadie portaba su máscara de gas, que parecía un artículo histriónico. Los refugios anti-bombas estaban mohosos y sucios, en estado de semi abandono.
Primera escaramuza



El 24 de agosto, contraviniendo las órdenes de Hitler, la Luftwaffe dejó caer algunas bombas sobre Londres.Churchill, el nuevo primer ministro, esperaba la confrontación y no la rehuía. Nada más llegar al poder había advertido en uno de sus monumentales discursos que de la resistencia de Inglaterra dependía «la supervivencia de la civilización cristiana». Si ella caía, «el mundo, incluido Estados Unidos, naufragará en el abismo de una Edad Oscura». Así que al premier le faltó tiempo para responder al leve bombardeo de Hitler con otro inmediato sobre Berlín, también más retador que destructivo. La simbólica incursión de la RAF sobre la capital germana fue la espoleta para el comienzo dos semanas después del «Blitz», el bombardeo diario durante ocho meses sobre Inglaterra, con el que Hitler quiso rendir su voluntad y forzar su rendición. El nombre lo ideó la prensa inglesa y es undiminutivo de «Blitzkrieg», que en alemán significa «guerra relámpago». Murieron 43.000 civiles británicos, 20.000 en Londres. En total, en toda la guerra, perdieron la vida en las Islas 60.595 civiles. El «Blitz» fue su trago más amargo.

ABC
Aviones nazis se aproximan a Londres
Pocos londinenses más pata negra que Robert Barltrop, boxeador profesional, dibujante de viñetas cómicas, militante laborista, ensayista e historiador de fuste. Vecino del Noreste de Londres, llegó incluso a ejercer de asesor de la BBC sobre la jerga «cockney», el marcado acento suburbial del East End. Hace 75 años, aquel 7 de septiembre de 1940, tenía 18 años y trabajaba como mozo en una tienda Sainsbury’s de su barrio. Cuando a las 4.43 de la tarde sonaron las sirenas antiaéreas, Barltrop casi se alegró. Tenía asignada la tarea de vigía en el techo del edificio y en realidad al final nunca pasaba nada. Era la oportunidad de subir a echarse un cigarro, de ver pasear a la gente abajo en las calles, y más en esta espléndida tarde de sol tardío.
Pero el «Black Friday» estaba a punto de desatarse. «De repente, todo el horizonte sobre el Támesis se llenó de algo que a lo lejos parecía unenorme enjambre de moscas negras. A su paso dejaba columnas de humo. Entonces los vi ya viniendo de frente. Pasaron Dagenham, y Rainham, y Barkings… directos a Londres, a los docks [los enormes almacenes portuarios]. Empecé a sentir enormes explosiones, que eran las bombas cayendo. Inmensas nubes de humo negro, y luego, ya solo ese humo. Casi no podías ver otra cosa que el humo, y seguían viniendo…».
Dos bombardeos el primer día
El bombardeo continuó hasta las dos horas después, a las seis y media de la tarde. Aunque a las ocho habría un segundo ataque sobre los almacenes del East End. En aquella primera oleada de la Luftwaffe participaron más de 900 aviones, algo jamás visto en la historia del hombre: 348 bombarderos y 617 cazas Messerschmitt. Aquel díamurieron 400 londinenses y 1.600 resultaron malheridos. La jornada marcó la pauta de una rutina que a lo largo de ocho meses se repetiría durante 57 tardes en la capital: primero los aviones soltaban bombas incendiarias, luego, cuando comenzaban los grandes fuegos que servían para marcar los objetivos, llegaba la descarga de explosivos. El caos se desataba hasta el crepúsculo, cuando los aviones nazis retornaban por fin a sus bases continentales.

ABC
Cartel diseñado para elevar la moral de la población civil
En una sociedad todavía clasista y que en aquellos días lo era terriblemente, al evocar la épica de «Blitz Spirit» a los ingleses les gusta decir que la prueba bélica hizo aflorar el sentimiento de «todos somos iguales». Una nación «indomable», unida en su resolución de resistir y arengada por el verbo profético de Churchill: «Hitler ha encendido un fuego que arderá hasta que quememos los últimos vestigios de la tiranía nazi». Las bombas cambiaron para siempre el paisaje urbano de Londres y de otras grandes ciudades británicas (Conventry, sede de fábricas de munición, fue quemada con 500 toneladas de explosivos en noviembre).
Saint Paul, el Museo Británico...
Las bombas golpearon la catedral de San Pablo, que se salvó gracias al empeño especial de Churchill en protegerla con un dispositivo amplísimo de voluntarios y bomberos. La Luftwaffe destrozó la Cámara de los Comunes y sus señorías hubieron de mudarse a unas vecinas instalaciones de la Iglesia Anglicana. Alcanzaron elMuseo Británico, la Abadía de Westminster y el Palacio de St. James. Volaron el Café de París de Leicester Square, donde los noctámbulos seguían bailando y bebiendo, soñándose inmortales en la euforia de una fiesta nihilista bajo el Armagedón. Cuando le tocó el turno a Buckingham, la Reina Madre comenzó a labrar su leyenda, la que la metió de por vida en el corazón de los ingleses: «Ahora ya puedo por fin mirar a los ojos a la gente del East End», dijo en alusión a los barrios populares, los más machacados por las bombas. Todavía en marzo de este año apareció una de 500 kilos en el Sur de Londres. La hoy Reina Isabel y su hermana fueron de todas formas evacuadas al Castillo de Windsor.

El Támesis circundado de humo tras un bombardeo del Blitz
Pero la vida siguió adelante. «Cuando irrumpieron los alemanes y vi los docks ardiendo pensé que nadie podía contemplar esos enormes fuegos sin pensar que eran el fin de una época, que habría inmensos cambios en la sociedad -escribe Orwell-, pero ese sentimiento era equivocado. Para mi asombro las cosas han vuelto a la normalidad, gracias a la inmensa solidaridad de la gente corriente». Noches durmiendo en las estaciones de metro. Mañanas de recogida de escombros. Pero la vida sigue: hasta se publicaron catálogos de moda con modelos con máscara antigás.
Historia incompleta
Propagandistas superdotados de todo lo suyo, los británicos celebran estos días con exposiciones y tours guiados el 75 aniversario del comienzo del Blitz. Cierto que la historia que se cuenta está incompleta. En julio de 1943, la RAF, a las órdenes del mariscal Arthur Harris, dirigió la «Operación Gomorra» sobre Hamburgo. Cinco ataques de la RAF y la USAAF americana dejaron en un solo mes 34.000 muertos (14.000 más de los que provocaron en Londres ocho meses de Blitz). Luego, en el tardío febrero de 1945, vendría el salvaje ensañamiento con Dresde.
El Imperial War Museum de Londres ocupa un edificio que antaño fue el manicomio de Bethlem. Irónico. Pero poéticamente acertado: recorriéndolo se mastica la locura que es la guerra, sus destrozos en las vidas de las personas. Al hilo del «Blitz», el Imperial War acoge estos días una excelente exposición titulada «Una familia en tiempo de guerra». Es la historia de los Allpress, vecinos en el Sur de Londres de una casa con pequeño jardín trasero, con padre maquinista ferroviario y nueve hijos. En 1940, el Gobierno había distribuido entre la población con jardín o patio unos 2,3 millones de los llamados «Refugios Anderson», el nombre del secretario encargado de la protección aérea. Pensados para seis personas, eran de hierro, en forma de bóveda de cañón, y debían cubrirse con un manto de tierra. Se entregaban con unas precisas instrucciones de montaje a lo Ikea.

Interior de un refugio Anderson
En la exposición se ha reconstruido el refugio Anderson de los Allpress. Puedes entrar y sentarte bajo la luz de un candil en el banquillo de madera en ese angosto espacio, de 2 metros de largo y 1,8 de alto. Una megafonía reproduce el estruendo que levantaban las bombas. Sentado allí, experimentas la angustia claustrofóbica de los vecinos. Todo esto ocurría en Europa hace 75 años. Viven miles de personas que lo recuerdan perfectamente. Seres humanos de dos naciones «sumamente civilizadas», que se dedicaban a matarse muy organizadamente.
Los londinenses solían sembrar hortalizas sobre la cubierta de sus refugios Anderson. Los Allpress, abonados a la esperanza, plantaron flores.

lunes, 13 de julio de 2015

Galicia: nostalgia por el terruño, pasión por el mar

CATEDRAL DE SANTIAGO DE COMPOSTELA (LA CORUÑA)
Diario de viaje / España
 Pontevedra y Orense, eslabones de un fantástico itinerario por esta región de España. Las rías, el legado celta y la gastronomía.
Santiago de Compostela, La Coruña, Pontevedra y Orense, eslabones de un fantástico itinerario por esta región de España. Las rías, el legado celta y la gastronomía.

Cristian Sirouyan

Sin respiro, el mar y el viento, con la complicidad del tiempo y su frenético paso, moldearon el borde escarpado del noroeste de España y dejaron al desnudo una larga tradición de creencias, preciada herencia de los tiempos paganos. Hace más de dos milenios, cuando los romanos se vieron obligados a detener su impulso expansionista al borde del abismo –recortado al pie de un peñasco de la costa de Galicia –, descubrieron el fin del mundo conocido hasta entonces y las fauces del mar Tenebrosum, tan indomable que hasta –advirtieron temerosos– se atrevía a devorar el sol al final de cada jornada.

El encuentro cara a cara dio pie a las más insólitas conjeturas sobre “el más allá”. Pero un cúmulo de supersticiones y leyendas ya se había instalado para siempre desde el siglo VIII antes de Cristo. La cultura celta había desparramado sobre la tierra gallega su amplio repertorio de ceremoniales basados en la naturaleza. Rendía culto a los árboles y los animales, a las aguas y las almas errantes. Hoy en día, en La Coruña, Lugo, Orense y Pontevedra –las cuatro provincias gallegas– la tríada “brujería, magia y fetichería” representa bastante más que la fuente de inspiración de una serie de amuletos, simpáticos suvenires para ayudar a torcer la suerte esquiva. Es una pieza esencial de la identidad gallega, el valioso bagaje cultural en el que también tiene cabida el fuerte arraigo de la tradición cristiana, armoniosamente fusionada con el culto al fuego y los baños de mar para conjurar los malos espíritus. Tampoco queda al margen el saludable apego por las celebraciones, sabiamente matizadas con vino, aguardiente, pulpo, mariscos y la estridente melodía de la gaita.

Ciudad de cristal

La Revolución Industrial se encargó de alterar decididamente el paisaje bucólico que imperaba en Galicia a fines del siglo XIX. Familias nobles y empresarios de la burguesía catalana instalaron fábricas de conservas en La Coruña y forjaron la luminosa “Ciudad de cristal”, que todavía luce sus generosos miradores vidriados, sostenidos por balcones de madera uniformados en impecable blanco.



El apego a los frutos de la naturaleza, que en los alrededores de la pétrea plaza María Pita parece haber sido definitivamente desplazado a las tierras prósperas del interior, vuelve a evidenciarse en cada uno de los bares y restaurantes del centro. Aun en los reductos más modernos que conducen afamados chefs, las fuentes de los camareros desbordan de patatas (papas) hervidas, verduras, pescados aderezados con salsa ajada (ajo y pimentón), tortillas, empanadas de zamburiña (una pequeña variedad de vieiras), mejillones, pulpos y quesos de tetilla .

Bajo la sombra que dispensa la fachada gótica de la iglesia de Santiago Apóstol, la más antigua de La Coruña (construida en el siglo XII), estiran las piernas los primeros peregrinos del Camino Inglés, uno de los seis itinerarios principales que conforman el Camino de Santiago. Recobran fuerzas delante de la entrada, sin siquiera echar un vistazo al principal objetivo de las cámaras que portan los turistas: una escultura de Santiago Matamoros montado sobre su caballo blanco. Antes de retomar su marcha en dirección a Santiago de Compostela, los grupos de caminantes terminan de recobrar el mejor semblante en los cafés al aire libre que encienden la movida nocturna de la Plaza de Azcárraga.

Los pasillos del casco histórico se extravían en un laberinto despojado de horizonte, hasta que el florido Jardín de San Carlos dispensa una inesperada panorámica del puerto, la Torre de Hércules, los restos de la muralla de la ciudad y el Castillo de San Antón, reliquia del siglo XVI. Desde la sesgada perspectiva del bus que transita el Paseo Marítimo, la vista incorpora los trazos sinuosos de las Rías Altas y el mar. Es apenas un anticipo del cuadro más completo, que espera para ser admirado por un largo rato. Una calle adoquinada asciende 300 metros hasta la base de la Torre de Hércules. Desde ahí, la subida hasta el mirador del faro demanda superar 234 escalones, el último desafío para acceder a la postal más acabada de La Coruña y sus dominios marítimos y terrestres. El sol en retirada arrastra las últimas luces del día y toman la posta los primeros fogonazos del faro romano, que iluminan los cuerpos que bajan por el callejón oscurecido como siluetas fantasmagóricas.

El perfil urbano de Galicia se desploma a la mañana siguiente. A los costados de la autopista AP-9 relucen los contornos de montañas, bosques y el ovillo de aguas transparentes que dibujan las rías de Cedeira, Ares y Hortiguera, parte de los tentáculos del mar Cantábrico que perforan el continente. Desde Navón, la ruta se reduce a una mínima expresión para avanzar entre pequeñas aldeas, iglesias sostenidas por granito y pizarra, bosques de eucaliptos, robles y pinos y parcelas cultivadas con hortalizas.

La vegetación y sus perfumes penetrantes dominan la escena en la Sierra da Capelado, el próspero territorio, librado a los frondosos dictados de la mitología, que comparten bandadas de pájaros, vacas rubia gallega y caballos salvajes. La conjunción de naturaleza y superchería celta alcanza a San Andrés de Teixido, aunque en este pueblo el protagonismo pasa a manos del mar Cantábrico y sus feroces embates.



Un fornido halcón peregrino planea sobre los forasteros y aterriza sobre una cruz, al mismo tiempo que una gaviota apoya delicadamente sus patas amarillas en una piedra puntiaguda, marca visible de la época pagana. Empujada por la curiosidad, la pareja de aves otea el panorama desde los dos extremos de un hórreo , vestigio de los antiguos graneros en los que era secado el maíz. Estos silos familiares, construidos con piedra de granito y techados con tejas a dos aguas, se apoyan en pilotes que evitan el acecho de los roedores y la humedad. Se los ve íntegros, levantados en los más insólitos rincones de Galicia, de todas las formas y medidas, según las posibilidades de cada productor rural.

Los artesanos de San Andrés de Teixido son una fuente de primera mano para poder familiarizarse con las propiedades de los santeiros y la herba de ‘namorar desprendidos de la cultura celta. Todos los puestos de la única calle del pueblo están convenientemente dotados para ayudar a los vendedores y proteger a sus clientes. Exhiben y ofrecen ramilletes de teixo –las plantas predilectas de los sabios druidas que garantizaban estar a salvo de las tormentas–, sanandresiños –figuras creadas con migas de pan sin fermentar, horneadas y pintadas a mano–, barquitas –para no fallar en los negocios– y figas , una garantía contra el mal de ojo . De la parafernalia de objetos colgados asoman ocho piezas de miga, sostenidas por la mano derecha de Carmen Carrodeguas. “Cada uno de estos amuletos tiene su significado. Los hacían nuestras abuelas y madres para la suerte. Hombre, tienes que creer”, recomienda con tierna candidez la mujer.

Las impresiones del paseo por este bastión profundamente celta –que, sin embargo, no se despoja de su esencia gallega– se desgranan con frases cortas y tragos largos en Taberna Hermanos, estimuladas por una copa de vino blanco Cosechero y una fuente de percebe. “Metes la uña para quitar la cáscara de un lado y del otro muerdes la carne del marisco. Mejor comer sin la piel, que es muy amarga”, instruye justo antes del papelón la guía Nuria Pahino Dasilva.

Contratiempo en la ruta

La niebla se empecina en ocultarlo todo en el camino de regreso. Por fortuna, los duendes de San Andrés de Teixido todavía no nos abandonan y contribuyen para que el conductor clave a fondo los frenos a un par de metros de las frágiles patas de un potrillo, que no tuvo idea más arriesgada que elegir el medio del pavimento para pastar. El norte de Galicia vuelve a llenarse con los poderosos fulgores del sol unos 5 km más arriba, donde una brisa calurosa es suficiente para agitar las aspas de una veintena de molinos de viento. Debajo de la Garita de Herbeira, a 615 metros de altura, el mar ruge y los límites precisos del Geoparque Cedeira resguardan los acantilados más elevados de Europa.

En el restaurante O Camiño do Inglés, en Ferrol, el inquebrantable vínculo que los gallegos mantienen con el mar y la costa escarpada es el tema que se abre paso para sepultar la previsible charla con el chef sobre los sabores más representativos de la región. Daniel López había revelado algunos secretos del kebab de pulpo, el lomo de ternera asado y la entraña con porotos. Pero otro era el punto al que quería llegar, para explicar mejor su lugar de origen a los interlocutores arribados de Buenos Aires, la lejana “quinta provincia” que los gallegos llevan en el recuerdo y el corazón. “Las rías gallegas son los dedos de las manos de Dios”, dispara sin vueltas. La metáfora ganó popularidad en los años 80 a través del tema “Minha terra galega”, que cantaba el grupo punk Siniestro Total.

Un rato después, el renombrado cocinero sorprenderá con otra sentencia: “Aquí es donde menos gallego se habla de toda Galicia, por tratarse de un puerto y base de regimientos militares. Llegaban todo el tiempo, desde todo el país”. La guía turística Loly Núñez admite añorar esos tiempos idos, signados por multitudes de gente uniformada que se volcaba a las calles de Ferrol. “Había casi un bar por persona, por lo cual el lugar se conocía como El Ferrol del Bocadillo”. Núñez muta su voz sonora en un susurro, para subrayar que en esta ciudad nació Francisco Franco y comentar que “cada 20 de noviembre, cuando es el aniversario de su muerte, se juntan no más de treinta militares ancianos para rendirle homenaje y unos 2 mil vecinos para arrojar tomates y huevos a su casa”. Cuando la mano dura del generalísimo condenó a España a atravesar un sombrío período de cuatro décadas, su pueblo natal era conocido con el pretencioso nombre “El Ferrol del Caudillo”. Notoriamente menos conocidos son los primeros pasos de Pablo Iglesias Posse, algo así como la contracara perfecta de Franco, nacido en Ferrol en 1850 y fundador del Partido Socialista Obrero Español.

A mitad de trayecto de Ferrol a La Coruña, Betanzos no dejó de crecer desde el siglo XV, cuando el rey Alfonso VIII de Castilla declaró oficialmente su categoría de “villa” y empezaron a proliferar las iglesias. Pero, además, el desarrollo de la ciudad recibiría un impulso aún más potente con el regreso a su tierra natal de Juan María y Jesús Naveira García. Llegaban de la Argentina, adonde habían ido a buscar un horizonte más venturoso a fines del siglo XIX. La audaz apuesta les salió bien: se enriquecieron considerablemente y decidieron transformarse en benefactores de Betanzos. No hay un solo vecino de la ciudad que no sepa recitar de corrido la obra pública dejada por los hermanos, hoy homenajeados con un monumento en la plaza principal: “Construyeron el Lavadero Público Gratuito, la escuela Naveira, templos religiosos y el Jardín del Pasatiempo”.

De todas maneras, mucho más que el legado de los venerados hermanos trascendió los límites de Betanzos la fama de las mejores tortillas de Galicia. “Se preparan con patatas, aceite, huevo y cebolla”, explica con la voz innecesariamente elevada Plácida Liñeiro Isúa, sentada en un banco al sol, mientras teje una manta “para el canasto de pan”. La mujer aprovecha la irrupción de los visitantes en su tediosa rutina para declamar –también a grito pelado– que pasó toda su vida en Betanzos y señalar la iglesia Santa María del Azogue, la referencia que completa los hitos más salientes de su vida: “Ahí me casé hace 52 años. Y aquí me ve, siempre junto a mi esposo, José Núñez Quintaz”.

Para el cronista, el encuentro casual con Plácida refuerza la sensación de cercanía que Galicia venía transmitiendo desde el primer momento, una tierna familiaridad que el pueblo gallego deja fluir sin retaceos. Se toma su tiempo, el lapso necesario para desbaratar la desconfianza y cierta timidez que, sólo al principio, llaman a engaño. Nuevos cruces, de esos que reconfortan el espíritu y estimulan a seguir descubriendo esta tierra tajeada por las rías, se irán encadenando en el camino de 100 kilómetros desde La Coruña hasta Fisterra (Finisterra) por la autovía AG-55 y la ruta 552.



En Vimianzo, los trovadores Martín y Pedro Eans Mariño de Lobeira y las familias nobles Moscoso y Fonseca hicieron frente a las Revueltas Irmandinhas del siglo XV desde un soberbio castillo de dos plantas con salones, puentes, torres, escalinatas, terrazas y patio. Dicen aquí que los ecos de esa época convulsionada todavía resuenan por las noches, cuando un silencio profundo se apodera de Vimianzo. De día, en cambio, en el castillo apenas se escuchan los sonidos tenues de los artesanos, dedicados a crear a la vista del público pequeñas réplicas de gamelas (botes de pesca típicos de la Costa da Morte, en madera y palillo), dornas (embarcaciones de pesca con vela y timón), portuguesas (barcos más arqueados, con vela), platería, albardería (morrales de montura), prendas de lino tejidas en telares artesanales, zuecos de madera, cestos de mimbre, sombreros y las preciadas piezas de Camariño, “la capital del encaje”. “¿De dónde sos? ¿pero de qué ciudad de Argentina? Hombre, ¿de qué barrio?”, indaga una aporteñada tejedora gallega, que vivió 35 años en Buenos Aires –algo así como la patria gallega de ultramar– y volvió a su tierra hace más de dos décadas.

Al sur del cabo Vilán –donde las fuertes tempestades del Atlántico sacuden el primer faro eléctrico de España, de 1876–, el océano y los vientos tallaron el enorme cuerpo de la “pedra de abalar” de Muxía. Hombres y mujeres de todas las edades se precipitan hacia la orilla empapada por las olas para hacer equilibrio sobre la roca más renombrada. Cierran los ojos, hacen promesas y se encomiendan a la Virgen de la Barca. La mayoría es parte de las familias de pescadores de la zona. En unos minutos, en la Lonja de Finisterra, se verá que el pedido a la patrona ya fue escuchado: al subastador le espera la ardua tarea de cotizar el producto de una madrugada más que exitosa. Los barcos de bajura acaban de acercar a puerto toneladas de sargo, bruja, rape, congrio y merluza.



El camino costero que conecta el pueblo con el cabo de Fisterra es una compacta caravana de autos, rozados por una romería de almas gemelas. En bicicleta, al trotecito o a paso lento, los peregrinos del Camino de Santiago, que ya alcanzaron la meta en Santiago de Compostela y reservaron fuerzas para andar otros 150 kilómetros hasta este confín, padecen cada pendiente sobre el borde del acantilado. Pero este paisaje incomparable –que hace 2 mil años dejó perplejos a los romanos– es un imán difícil de evitar. Eligen Finisterra como un lugar de reflexión e inspiración, un ejercicio espiritual que procuran observando el océano durante horas desde la base del faro. Incineran sus calzados cerca de los arrecifes de la orilla y se despojan de sus ropas, que quedan colgadas de una antena, como testimonio del objetivo cumplido. La música de fondo de José Torres, un gaitero de Pontevedra, contribuye a la atmósfera de hondo misticismo.

Una multitud en Santiago

Los presencia de los peregrinos es más visible en el casco histórico de Santiago de Compostela, al que acceden por la Rúa dos Concheiros. Aunque recorrer la distancia desde la muralla de la ciudad hasta la Catedral es un simple trámite, no faltan en las antiguas callejuelas de piedra las flechas que señalan el rumbo correcto ni las figuras de la vieira, la concha marina que protege a los caminantes desde los tiempos de la Inquisición. Por la Plaza de la Azabachería, un grupo de músicos ambulantes atraviesa el Arco de Gelmires para anunciar la inminencia del inicio de la Misa del Peregrino, que arranca a las 12 en punto. Con una multitud apretujada en la nave principal, los pasillos, las escalinatas y la entrada, asistimos al ritual más esperado por los fieles congregados en el templo mayor de Santiago. En medio de la ceremonia, ocho jóvenes tiran de largas sogas colgadas del techo que agitan el botafumeiro . De a poco, una nube de incienso se expande por el interior de la Catedral.

El paseo por las calles angostas del casco histórico demanda continuas escalas, forzadas por las mesas al aire libre de los bares, los grupos de estudiantes universitarios llegados de toda España y la interminable cola de los esforzados protagonistas del Camino de Santiago, que –exhaustos después de completar más de 800 kilómetros– desesperan por ingresar a la Oficina del Peregrino para recibir su certificado.

La contagiosa vitalidad de esos jóvenes aventureros se replica en el aire optimista que transmiten las paisanas , 70 campesinas agroganaderas del interior de la comarca de Santiago que ofrecen el muestrario completo de sus productos frescos en el Mercado de Abastos Municipal. “En esta época vienen muchas pimenteiras de Hervón, 20 km al sur de Santiago. Ofrecen sus pimientos, hortalizas, huevos y frutas”, explica Pablo Rodríguez, vocero de los 140 comerciantes asociados de este centro comercial, sencillo y auténtico, inaugurado en 1873.



El Miño, encendido por el sol

A 111 km al sudeste de Santiago por las vías rápidas AP-53 y AG-53, el sol desata un festival de brillos sobre el plano turquesa del río Miño y devuelve al majestuoso puente romano de siete arcos parte de su antiguo esplendor. Desde la orilla se aprecian las columnas de vapor de las burgas de Orense, las tres fuentes de aguas termales de la ciudad, veneradas y, de paso, aprovechadas por los súbditos de Roma en el siglo XII. En una piscina pública habilitada en pleno centro, una treintena de gallegos y turistas de cuerpos poco agraciados disfruta de las caricias del agua tibia y transparente, bajo el sol impiadoso, cada vez menos amigable.

Por la calle Rúa da Arreira, el casco histórico luce decorado con los colores vivos de la Feria Medieval de los domingos. El arte sublime de los maestros alfareros se hace acreedor de las mayores miradas, hasta que la atención vira hacia los pasacalles , grupos de músicos de a pie que interpretan melodías medievales con gaitas, panderetas y flautas. Alrededor de la fuente de la Plaza do Ferro, seis actores gallegos y portugueses de la compañía Asociación de Teatro y Otras Artes invitan a sentarse en una silla y recitan un poema a cada privilegiado que acepta el convite gratuito. Con un aire seductor debidamente ensayado, la morocha Liliana Silva (nacida en Porto) me endulza el oído declarándome “Tú eres como Dios: principio y fin”. Es parte de una poesía escrita por su compatriota Florbela Espanca.

Me llevo de Orense la agradable sensación de esa puesta en escena personalizada y una bolsa repleta del mejor pan de Galicia. “Vaya con Dios. Yo tengo una gran estima por su país porque la quería mucho a la Evita. Muchos obreros de Galicia llevaban su foto encima como si fuera la de su propia madre”, pretende despedirme la panadera Pilar y consigue el efecto contrario. Otra vez seducido por los arrestos de la Galicia más entrañable, retrocedo para enfrascarme en una edificante charla, casi un monólogo que anima esta mujer vivaz, de 80 años muy bien llevados.

El viboreante Miño señala ahora el rumbo desde Orense hasta Vigo por las Rías Baixas. Sobre el horizonte montañoso de campiña se suceden los viñedos de la cuenca Ribeira Sacra. En las cercanías del pueblo Ribadavia, la bodega Viña Costera ostenta el orgullo de portar la denominación de origen Ribeiro, una marca de distinción para destacar las virtudes del primer vino que llegó a América. El establecimiento Viña Costeira se sostiene con la producción de 600 socios, que aportan la uva cosechada a una cooperativa. De la vendimia manual se obtiene un exquisto jerez, un vino espumoso, el vino dulce Tostado de Costeira y los inigualables blancos Colección Costeira y Viña Costeira, afamados emblemas de la mayor de las setenta bodegas de la Ribeira Sacra.

Las alamedas y los rosales de las huertas que pertenecían a los curas inquisidores dominicos colorean el frente de la Casa Consistorial y las ruinas de la iglesia de Santo Domingo, para delinear un rostro amable a los turistas y peregrinos que llegan a Pontevedra, notificados del ambiente festivo que se respira en los barcitos al aire libre de la Plaza do Teucro, a la sombra de los naranjos. Por un momento, a través de la desangelada fachada de un Burger King levantada al lado del monumento a Alexandre Bóveda –uno de los fundadores del Partido Galleguista, a principios del siglo XX–, la Galicia moderna amaga con desplazar los sólidos estandartes de su pasado. Pero, un puñado de pasos más allá, reafirman el peso latente de la historia la Iglesia de la Peregrina, el crucero gótico de la plazoleta Cinco Calles y la Universidad de Bellas Artes. La Galicia orgullosa por su pasado y sus tradiciones, vibrante y acogedora, que atraviesa las épocas, se mantiene a salvo.

jueves, 2 de julio de 2015

HABLO LA JUEZA AFIUNI: “En 6 años destruyeron mi vida, la de mi hija y la de mi familia”


EL UNIVERSAL CARACAS 30.06.2015 
                                 La jueza María Lourdes Afiuni rompió el silencio. En la audiencia que se realizó hoy, la magistrada relató al juez Manuel Bognanno los detalles de la tortura, maltrato y violación que sufrió durante el año 2010 cuando estuvo privada de libertad en el Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF).

La abogada Thelma Fernández, quien comparte la defensa con José Amalio Graterol, dijo que Afiuni tomó la decisión de entrar a la audiencia debido a las declaraciones que hizo este lunes la fiscal Luisa Ortega Díaz en Ginebra, donde negó que exista una denuncia sobre violación y tortura contra la jueza.

Según Fernández, Afiuni explicó al Tribunal “como le destruyeron la vagina, el ano y la vejiga cuando custodias del INOF y funcionarios del Ministerio de Justicia la violaron”.

“Narró que recibió una patada con la bota de una Guardia Nacional que le causó una distorsión en una cuarta parte del seno. Además, destacó que al lado de la celda trasladaron reclusas que ella condenó y fue víctimas de varias golpizas, y nadie hizo nada para evitarlo. Confesó que en varias oportunidades le rociaban gasolina a su celda”, agregó la representante legal.

Recordó también que en el penal de mujeres “hubo un conato de incendio y evacuaron a todas las internas, menos a la jueza a quien dejaron encerrada en su celda”.

Este lunes, Venezuela fue evaluada por el Comité de Derechos Humanos de la ONU y ante los planteamientos del comisionado de Túnez, quien exigía explicación del por qué una jueza es juzgada por tomar una decisión, la fiscal Ortega Díaz reaccionó y dijo: “para que el abogado Yadh Ben Achour, representante de Túnez, cierre la boca, no es cierto que la jueza Afiuni haya sido violada o torturada. Está elucubrando”.

Asimismo, la fiscal sostuvo que María Lourdes Afiuni “jamás fue trasladada a recinto hospitalario militar. Siempre la atendieron médicos de su confianza”.

Ante eso, la abogada Fernández recordó que en reiteradas oportunidades, Afiuni había sido trasladada al Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo para ser sometida a exámenes médicos y que en una oportunidad, “para hacerle un examen ginecológico la hicieron desnudarse en presencia de más de 20 funcionarios de la GNB”.

“Las pruebas de maltrato, tortura y violación contra Afiuni están en el expediente y en la Organización de Naciones Unidas (ONU), por eso expertos, relatores y comisionados de organizaciones internacionales han emitido tantos pronunciamientos sobre el caso. No es que estén parcializados como insinúa y dice Luisa Ortega Díaz, es sencillamente que tienen en sus manos todas las pruebas que confirman todo lo que sucedió con la magistrada”, indicó Fernández.

Añadió que “hay un informe médico forense que dice que María Lourdes Afiuni presenta en las piernas cortadas por armas blancas y quemaduras y ella cuando salió del Sebin, se le hizo un examen y estaba físicamente bien, sin signos de tortura. Su calvario comenzó cuando fue recluida en el INOF”.

En la audiencia de hoy estuvo presente como observador el jurista colombiano Luis Fernando Vargas y Afiuni solicitó al magistrado Bognanno permiso para viajar a Ginebra a defenderse y denunciar a la fiscal Luisa Ortega Díaz, petición que fue negada, al igual que la medida de libertad plena solicitada por la defensa. Se fijó como fecha para continuar el juicio el próximo 15 de julio.

“En seis años me destruyeron mi vida, la de mi hija y la de mi familia”, expresó la jueza Afiuni en la audiencia, al tiempo que aseveró que “en Venezuela los jueces no deciden sino que complacen los caprichos del Gobierno”.


María Lourdes Afiuni está siendo enjuiciada por dejar en libertad al empresario Eligió Cedeño, siguiendo una resolución de la ONU. A la jueza le fue otorgada la libertad condicional en junio de 2013 con prohibición de salida del país, de hablar a los medios de comunicación nacionales e internacionales y de escribir en las redes sociales Twitter y Facebook.